miércoles, 27 de noviembre de 2013

La mejor compra

Este relato es la contra parte de "En promoción".
Espero les guste =).


Ya llevaba una hora caminando y su furia no aplacaba, es que ese idiota simplemente lo sacaba de quicio.

¿Por qué el imbécil de su compañero de piso no era capaz de avisarle cuando tendría compañía? se preguntaba Gabriel. Todas las semanas era lo mismo, no tenía ninguna consideración con él.

Justo el día de mayor calor se tendría que mantener alejado del aire acondicionado que él había comprado.

“Estúpido Jorge…” mascullaba mientras caminaba sin ninguna dirección.

Entre tanto deambular, no se dio cuenta y acabó frente al centro comercial, sin darle muchas vueltas decidió entrar. Al menos ahí podría escapar del implacable sol y reírse un poco de los locos consumistas.

Al entrar y ver la cantidad monumental de gente, recordó que ese día era el día especial de compras en pareja. Quiso salir arrancando para evitar la montonera de parejas melosas comprando, cuando una voz lo detuvo.

“De a dos es mejor.” Escuchó decir a una chica frente a él. Estaba mirando fijamente el mismo anuncio y meneaba la cabeza murmurando muy bajito, como si estuviese peleando consigo misma. No pudo reprimir una pequeña risa, se podía ver el asombro y algo de rabia en ella.

La idea de quedarse dando vueltas y huir del calor dentro del recinto ya no le parecía tan descabellada.

Se entretuvo siguiéndola silenciosamente, le causó gracia ver como ella se miraba de reojo en los aparadores e intentaba arreglar un poco su atuendo, pero simplemente no había mucho que hacer, ella iba tan arreglada como Gabriel lo estaba para casarse en ese momento, vistiendo jeans descoloridos y deshilachados, con unas sandalias de plástico, de las típicas que uno utiliza sólo y exclusivamente en la casa, y el cabello recogido de una forma muy peculiar, el cual intentaba arreglar disimuladamente, mientras buscaba algo en el panel de información.

La vio entrar a la librería más grande y por alguna razón, él también entró, la observó a la menor distancia que pudo, simplemente le parecía fascinante como ella hablaba sola y parecía discutir consigo misma, lo más gracioso de todo, era que parecía estar perdiendo la discusión.

Tomó uno de los libros de “Jóvenes Autores” dejándolo bajo su brazo y comenzó a deambular por las estanterías, cogió varios libros de ciencia ficción y leyó las descripciones.

Gabriel a cada segundo se sentía más confiado y se acercó a ella con un libro en la mano, de modo que pareciera que él también estaba comprando.

Lo tomó por sorpresa darse cuenta que ahora ella también lo observaba.

Sus ojos se encontraron por un momento y él rápidamente se escabulló, el corazón algo acelerado por haber sido descubierto, vio como ella lo buscaba con la mirada pero luego la vio bajar la cabeza a su atuendo y se apresuró a la caja.

Al verla alejarse él tomó el primer libro que encontró y se puso detrás de ella, mirando a la cajera para que pensara que estaban juntos.

"Sería esto para usted, ¿y su acompañante qué lleva?"

"¿¿Mi acompañante??"

"Yo llevo Pastas para todos" contestó leyendo el título del libro que acababa de tomar.

Ella lo miró boquiabierta por unos instantes, pero no dijo nada, pagaron por separado y salió lo más rápido por la puerta, sin darle opción a decir nada.

“¿Por qué hice eso?” se preguntó repetidamente, mientras se apoyaba en uno de los pilares. Pensó en regresar al departamento pero no podía moverse.

La vio salir de la tienda con la pequeña bolsa en la mano y bajar por la escalera mecánica directo a la cafetería más concurrida. Sin dudarlo un segundo, nuevamente la siguió por las tiendas. Observó como ella suspiraba frente algunas y frente a otras se auto insultaba dándole grandes sorbos a su café gigante.

Se detuvo frente a una tienda y se quedó mirando fijamente el escaparate, él se acercó cuidadosamente para ver qué era lo que tanto le llamaba la atención. Se trataba de una chaqueta verde oscuro bastante bonita.

Ella entró a la tienda sin dudarlo y la tocó con anhelo. Él escuchó como el vendedor intentaba convencerla de comprarla, pero ella parecía resignada.

“Ah, y vienes sola...”

En un nuevo impulso que conocía, salió de su escondite tras el aparador e interrumpió la conversación.

“¿¿Estás lista??” le preguntó con naturalidad y ella elevó la vista nuevamente, lo miró fijamente y pasó sus ojos desde el vendedor a él buscando algún tipo de explicación.

“Me la voy a probar y veo si me la llevo” pestañeó repetidas veces y tomó la chaqueta. Se paró frente al espejo más grande que encontró y comenzó a hacer posturas frente a él.

Gabriel sintió como su bolsillo vibraba y lo revisó.

Tenía un mensaje de Jorge.

Ya puedes volver, misión cumplida.

Le tecleó una rápida respuesta y guardó el teléfono nuevamente.

Eres un idiota, avísame para la otra y evitarme el espectáculo.

“Estoy lista, me la llevo.” le dijo la chica sonriéndole. Él se descolocó ante su sonrisa y no pudo decirle nada, sólo se giró y caminó hacia la caja. No sabía qué hacer, quería hablar con ella pero le gustaba la mística que había logrado con su aparición misteriosa.

Caminaron en silencio hasta la escalera mecánica y ella se detuvo.

“¿Por qué…?”

Bloqueó su boca con dos dedos y no dejó que terminara la pregunta, no sabía por qué, pero no quería conocer su nombre ni darle explicaciones.

“Un gusto comprar contigo.” Se giró y bajó la escalera dejándola totalmente sorprendida.

Al llegar a su apartamento Jorge lo detuvo en la entrada.

“Disculpa hombre, para la próxima te avisaré, deberíamos tener una clase de señal, una corbata en la puerta o algo así” le dijo, tratando de disculparse, pero Gabriel no lo escuchó mucho, sabía que no resultaría y probablemente la próxima semana pasaría lo mismo, “¿y qué tal estuvo tu exiliada tarde?” le preguntó sentándose en el sofá.

“Interesante, conocí a una chica” le dijo sentándose a su lado.

“¡Vaya! ¡Ya era hora hombre!” dijo animado su amigo “¿Y cómo se llama?, ¿Qué hace?, ¿la vas a traer? ¡Viste que deberíamos tener una señal!” Jorge desbordaba alegría, hace tiempo que Gabriel estaba solo, desde Claire que no había vuelto a ser el mismo y conocer a alguien era un signo notorio de mejora.

“No lo sé” contestó sin mirarlo.

“No lo sé, ¿qué?” inquirió Jorge nuevamente.

“No sé nada de ella, ni su nombre, ni su teléfono, ni nada” no sabía por qué sonreía al darse cuenta de que quizá huir como un cobarde había sido una tontería.

“¿¡Qué!?” lo tomó por los hombros e hizo que se girara quedando frente a él, “¿Pero cómo me dices que conociste una chica, si no tienes nada que te contacte con ella, porque ¿quieres contactarte con ella no?”

“Sí” dijo inmediatamente, “pero no sé, creo que si de verdad tenemos que conocernos, nos volveremos a ver…”.

Y se marchó feliz a su habitación, pensando que finalmente lo peor ya había pasado y quizá el destino aún no había acabado con él.


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